Hoy quiero mirar luces de edificios

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¡Hoy quiero mirar luces de edificios! ¡Sí! Lo he decidido… ¡quiero subirme a un puente alto!

Hoy quiero mirar luces

Cuando quieres hablar sobre lo que eres o sobre lo que quieres, la mayoría de las veces no hay palabras que con las que expresar todas las cosas que se llevan dentro. No hay palabras con las que puedas dar a entender a nadie lo que la vida te da o lo que en esta vida te falta, porque nadie puede entender por completo los sentimientos de otra persona y porque no estamos dentro del corazón ni de la mente de nadie como para poder pensar como los demás piensan y sentir como ellos sienten. Cualquier aproximación pudiera ser suficiente para nosotros porque en realidad la mayoría de las veces no nos interesa tanto como creemos lo que los demás sienten, sino qué sentimos nosotros con lo que los demás cuentan que sienten.

¿En cuántas personas nos interesamos de veras? ¿De cuántos nos gustaría saber lo que sienten de verdad en lo más íntimo?

A veces creemos que los demás deberían sentir como sentimos, pensar como pensamos… y es por eso que cuando juzgamos a veces lo hacemos según nuestros propios valores personales, según lo que creemos que se debe sentir en ese caso, cuando en realidad, no respondemos todos igual ante los mismos estímulos. “Cada persona es un mundo”, se suele decir, pero lo llegamos a entender cuando resultamos ser nosotros los no entendidos y los que empezamos a no importar demasiado “al mundo”.

Aun así, queremos pensar que alguien piensa en nosotros, que en algún lugar del mundo alguna persona en este mismo instante se preocupa un mínimo en ti, en cómo estás o en lo que estas sintiendo por una experiencia, por una desgracia, por un problema, por un desastre en tu vida, por un corazón roto, por una pena que no pasa…

Creemos cosas sobre los demás, juzgamos, creemos cosas acerca de sus intenciones… pensamos cosas de aquellos que tal vez un día nos han parecido tan diferentes a nosotros, pensamos cosas de los que de algún modo nos pudieron hasta parecer insignificantes a nuestro lado tiempo atrás, criticamos mil veces… pero muy pocas veces nos paramos a pensar de veras desde “dentro del otro”. Y es porque eso no es una tarea fácil. “Neuronas especulares” las llaman a las que se ocupan en nuestra cabecita loca de hacer esa tarea tan laboriosa.

Pero, muchas veces no sentimos una necesidad que nos impela a entender todas esas diferentes posturas. Eso sí, queremos que los demás sí entiendan, queremos que se respete nuestra “postura mental”. Somos, en cierto grado todos, reacios a hacer una cosa que es de las más importantes: “empatizar, ponerte en sus zapatos”.

¡La tan conocida empatía! Parece ser algo que hemos escuchado todos mil veces, y resulta que es de las cosas más difíciles de poner en práctica por mucho que lo intentamos, por el hecho de que no estamos en el lugar de la otra persona, ni somos iguales a esa persona. Por ello muchas veces hacemos daño a otros sin querer y seguro que sin intención… y es porque no nos es totalmente imposible ser empáticos y poder actuar en consecuencia. Tal vez hasta termine siendo imposible llegar a poder hacerlo en tantas ocasiones como esta vida nos pone delante y con tantas personas como nos cruzamos en esta vida…

Pero ocurre un contrapunto en todo esto, que a veces me ha pasado y que quiero hoy contar…A mí mil veces me dio sin llegar a entender realmente por qué, por hacer una cosa que me hace sentir un tanto raro y pero que en el fondo, que me hace pensar en lo importantes que son los sentimientos de otros y verdaderamente alejados que llegamos a estar de los demás, lo poco unidos que estamos con el resto de personas, del resto del mundo…

Esto me pasó las primeras veces siendo aun un chaval, cuando viajaba de camino a Madrid al caer el sol, ya anocheciendo, y pasando con el coche por encima de uno de esos grandes puentes que pasan cercanos a esos grandes edificios llenos de ventanas que están a unas decenas de metros… A veces me paraba a mirar desde allí.

Me hacía sentir extraño el mirar los edificios que se veían a unos metros, me intrigaba mirar a las ventanas de esos edificios tan inmensos, mirar las decenas de luces encendidas, mirar las pequeñas personas que se podían alcanzar a ver en esas ventanas, e imaginar qué pensaban, qué les preocupaba, cuáles eran sus problemas, cuáles serían sus vidas y cuales sus penas… ¿estaría triste esa persona?, ¿estaría enfadada?, ¿cuáles son sus lágrimas?, ¿cuáles sus amores y cuántas sus pasiones?.

Son cientos de ventanas, cientos de personas las que vemos pasar viajando cada día de nuestra vida. Sentir que son al final miles, millones de vidas diferentes con millones de sentimientos en cada una de esas luces me hacen sentir pequeño e ignorante. Miles de luces que nunca conoceremos y que nunca entenderemos.

ventanas

A veces pienso: ¿Quién pudiera tener el poder de ver, con algo más que los ojos, cómo son esas vidas en realidad? No tiene que ver con curiosidad, ni con saber la vida de nadie, sino que tiene que ver con el por qué en esos momentos se apodera de mí una extraña sensación de soledad mezclada con la de ser de ese modo tan desconocedores de todo, que me inunda por completo.

Y creo que es porque en el fondo, si lo pensamos, cada uno de nosotros somos una de esas luces, cada uno somos una de esas pequeñas vidas detrás del cristal, una vida dentro de ese pequeño cubo de espacio.

Prueba alguna vez a subir a un puente alto o algún lugar desde el que veas alguna ciudad, y mira los coches que pasan. Trata de ver las caras y trata de imaginar cada vida que hay dentro, imagina las conversaciones, las personalidades… es un sentimiento especial, y que, al ser cada persona única, probablemente nadie pueda tener exactamente igual al tuyo, al igual que yo no puedo tener los sentimientos de cada una de aquellas pequeñas luces…

Tal vez por eso quiero llegar a creer que tal vez pueda haber alguien que puede entender cada pequeña luz de esas ventanas, alguien que quiera mirar nuestra luz desde un puente mucho más alto o que quiera mirar más adentro de lo que la vista puede dar de sí cuando miro yo.

Y que cuando mira mi luz, tal vez pueda ver mi corazón y entender mis sentimientos, conocer mis por qués, entender mis miedos y mis penas… y no sólo los míos, sino los de cada luz y también los de tu luz. Porque cuando hay alguien que piensa realmente en ti, ve lo que te pasa y siente esa sensación de la misma manera en la que tú la sientes, conociendo quién eres, conociendo cómo eres, conociendo lo que quieres y lo que le falta a tu vida, aceptándote tal y como eres, entonces y sólo entonces, puedes llegar a saber que tal vez tú puedes tener más cerca llegar a entender cada una de las luces que a ti te rodean y que rodean tu mundo.

Quiero pedirte algo: ¿Te importaría mirar mi luz desde tu puente?

DOS COPLAS

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Manuel.

Dicen que estuvo en la cárcel por rojo. Mozo viejo, setenta y pocos. Gastó sus años en los peldaños de su portería, llevando una vida entre fantasmas de amigos perdidos del barrio, recuerdos de un tiempo lejano y unas cuantas mentiras.

Antonia.

Viuda, dos hijas y un alma tranquila. Se han llenado de arrugas sus ojos entre calceta, costura y las tardes en la cocina.

Y este invierno…  ¡ay que frío! ¡qué frío! ¡Se van “pa” el cielo!

Si les sale barato, y los dos sin pensar en futuros lejanos, se van “pa” el mar, con poca ropa y la ilusión en las maletas.

Y esa noche en el hotel hay fiesta, verbena, luces rojas…

– “Usted se llama Manuel y yo Antonia,  cuénteme su historia, que vale la pena”.

– “Y si bailas conmigo morena, se me quitan las penas que tengo en el alma”.

Y en Benidorm, cuando llegan las 12, se oye:

-“Reloj, no marques las horas. Tú agárrate y no te sueltes, cariño, que a esta vida le quedan dos coplas y yo quiero bailarlas contigo y que se mueran de envidia las olas del mar.

-“Que si lloro, es de felicidad por tenerte aquí al lado y volver a encender las hogueras de nuestros pecados”.

De vuelta…

– “Madrid no es tan frío” – le cuenta en un banco del Retiro.

– “Me rio yo de los que dicen que ya no es edad para amar”.

¡Mira tú! y Antonia le mira con ojos rendidos y no dice nada.

– “Los meses que pasan, las tardes contigo…”

Quién fuera a imaginar que el destino, un dia de lluvia, se llevó a nuestra Antonia.

Y al entierro las hijas, los yernos, el barrio entero.Y Manuel, callado,  mirando “pa” el cielo… me dijeron que no pasó de ese invierno, que contaba que se iba con ella a bailar una copla en las nubes, que es allí donde no importa el tiempo.

Y en Benidorm cuando llegan las 12, se oye:

-“Reloj, no marques las horas”

-“Tu agárrate y no te sueltes cariño, que a esta vida le quedan dos coplas y yo quiero bailarlas contigo y que se mueran de envidia las olas del mar”.

Y ahora yo, cuando llegan las 12, escucho el:

-“Reloj, no marques las horas”.

Y te pido que vengas conmigo, que a esta vida le quedan dos coplas y yo quiero bailarlas contigo y que se mueran de envidia las horas del mar.

Que si lloro es de felicidad por tenerte aquí al lado.

Que si lloro es de felicidad por tenerte en mis brazos.

Que si lloro es de felicidad por tenerte aquí al lado y volver a encender las hogueras de nuestros pecados. “”

-Luis Ramiro – “Dos coplas”-

www.luisramiro.com