LA DÉLICATESSE

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Nathalie y François se conocieron en la calle.

Que un hombre aborde a una mujer es siempre algo delicado. Ésta no puede por menos que preguntarse:

¿Lo hará a menudo?»

Los hombres suelen asegurar que es la primera vez.

Si nos fiamos de lo que dicen, es como si, de pronto, gozaran de una gracia inesperada que les permite desafiar su timidez habitual. Las mujeres responden, de manera automática, que no tienen tiempo.

Nathalie no fue ninguna excepción. Lo cual era una tontería, pues no tenía gran cosa que hacer y le gustaba la idea de que la abordaran así.

Nadie se atrevía nunca.

Se había preguntado más de una vez: “Será que parezco demasiado mal humorada, o demasiado indolente tal vez?

Una de sus amigas le había dicho: –“Nadie te para nunca por la calle porque tienes pinta de una mujer perseguida por el paso del tiempo”.

 

Cuando un hombre aborda a una desconocida es para decirle cosas bonitas.

O existe acaso un kamikaze masculino que pare a una mujer

para asestarle: «Pero ¿cómo puede llevar esos zapatos?  Tiene los

dedos como en un gulag. ¡Qué vergüenza, es usted el Stalin de sus pies!»

¿Quién podría soltar algo así?

François no, desde luego, lo suyo eran los cumplidos. Trató de definir lo más indefinible: la turbación.

¿Por qué la había abordado precisamente a ella? Por sus andares, sobre todo. Había sentido algo nuevo,algo casi infantil, como una rapsodia de las rótulas.

Emanaba de ella una especie de naturalidad, tan conmovedora, una gracia en el movimiento, y pensó:

-“Es exactamente la clase de mujer con

la que me gustaría marcharme un fin de semana a Ginebra”.

 

Así que se armó de valor para abordarla, y tuvo que armarse hasta los dientes, porque, en su caso, de verdad era la primera vez que hacía algo así.

 

Allí, en ese preciso momento, en esa acera, se conocieron. Una

entrada en materia muy clásica, que a menudo determina el punto de partida de algo que, por lo general, con el tiempo deja de ser tan clásico.

Balbuceó las primeras palabras, y, de pronto, las demás vinieron solas, con deslumbrante fluidez. Lo que las propulsó fue esa energía algo patética, pero tan tierna, de la desesperación.

Ésa es precisamente la magia de nuestras paradojas: la situación era tan incómoda que François salió airoso, y lo hizo con elegancia. Al cabo de treinta segundos, consiguió incluso arrancarle una sonrisa a Nathalie.

Había abierto una mella en el anonimato.

Ella accedió a tomar un café, y François comprendió que no tenía ninguna prisa. Le resultaba muy extraño poder pasar así un rato con una mujer que acababa de entrar en su campo visual.

Siempre le había gustado mirar a las mujeres por la calle. Recordaba incluso haber sido una suerte de adolescente romántico capaz de seguir a las chicas de buena familia hasta la puerta de sus casas.

En el metro, cambiaba a veces de vagón para estar cerca de una pasajera en la que se hubiera fijado desde lejos.

Aunque sometido a la dictadura de la sensualidad, no dejaba de ser un hombre romántico, que pensaba que el mundo de las mujeres podía resumirse a una sola.

 

 

Le preguntó qué quería tomar.

Su elección sería decisiva. Pensó:

 

“Si pide un descafeinado, me levanto y me voy.

No se podía tomar un descafeinado en esa clase de cita.

Es la bebida que menos cuadra con una reunión distendida y agradable.

El té tampoco es mucho mejor. Nada más conocerse, se crea ya una atmósfera como sosa y sin gracia.

Se palpa en el aire que las tardes de los domingos se pasarán viendo la televisión. O peor aún: en casa de los suegros. Sí, sin lugar a dudas, el té crea como una atmósfera de familia política. Entonces ¿qué?

¿Algo con alcohol? No, a esa hora no pega. Da mala espina una mujer que se pone a beber así, sin venir a cuento. Ni siquiera una copa de vino tinto”.

 

François seguía esperando a que eligiera lo que

quería tomar, y proseguía así su análisis líquido de la primera

impresión femenina.

 

-“¿Qué más quedaba? La Coca-Cola, o cualquier otro tipo de refresco…

No, no podía ser, eso no era nada femenino. Ya puestos que pidiera también una pajita, no te digo”.

Por fin, François decidió que podía estar bien un zumo.

  -“Sí, un zumo es algo simpático. Queda bien pedir un zumo, no resulta demasiado agresivo. Da una impresión de chica dulce y equilibrada.

Pero ¿qué zumo? Mejor evitar los de toda la vida: el de manzana o el de naranja, ésos están muy vistos ya. Hay que ser un poquito original, pero sin caer en la excentricidad. De papaya o de guayaba no, eso da como miedo.

No, lo mejor es elegir algo a medio camino, como el albaricoque, por ejemplo. Sí, eso es.

El zumo de albaricoque es perfecto.

Si elige eso, me caso con ella”,  pensó François.

 

En ese preciso instante, Nathalie levantó la vista de la carta,

como si saliera de una larga reflexión.La misma reflexión en la que había estado sumido el desconocido sentado en frente de ella.

—Voy a tomar un zumo…

—¿…?

—Un zumo de albaricoque,

creo.

 

François la miró como si no fuera real del todo…

 

http://www.youtube.com/watch?v=Wo5XSAdSqEg

 

— “La Délicatesse”-   DAVID FOENKINOS

 

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